
Me equivoque
Esperé a que mis hijos se fueran al colegio para abordar a Leo y vomitarle mi desprecio en la cara. Le grité que ya sabía todo y de sus planes para envenenarme. Al principio se rió tristemente, me dijo loca, paranoica y otras atrocidades. Roja de furia le exigí que reconociera la verdad, que no tenía sentido seguir la bufonada.Se sentó en el sofá del living y lloró,cubriéndose la cara con las manos. Dijo que otra vez deliraba.Yo encolericé y rompí adornos, platos y vasos mientras le propinaba terribles insultos.Comprometiéndolo a confesar el medio de la inoculación vacié mis botellas de vino, como una desquiciada rompí frascosde conservas, tiré sobras de comida, latas, frutas y verduras, el agua del dispensario y de todas las botellas plásticas. Luego fui al baño y tiré al inodoro mi cepillo de dientes, vacié el tubo de dentífrico y quemé mi peine y sus máquinas de afeitar, junto con la crema. Por fin me detuve, enajenada, jadeando y sudando como perro. Leo,que había seguido mi deambular destructivo, y con la cara hundida en la profundidad de sus palmas, suplicó –no me hagas llorar más.Traté de calmarme. El se levantó y me tomó de la mano, llevándome hacia el sofá. Nos sentamos. Me suplicó que volviera en sí, que estos desvaríos debían terminar. Me juró por sus más santas creencias amor y fidelidad legítima. Me rogó que lo mirara a los ojos y le dijera si podía ver en ellos alguna de las sandeces de las que acababa de acusarlo. En el abismo cristalino de su mirada sólo vi amor, comprensión y verdad. La cordura hizo efecto y todo me pareció un absurdo. Lloré,pedí perdón y clemencia. El tomó mi cara entre sus manos y me dijo “Te amo”. Yo contesté “Yo también”. Lo besé en los labios. Pocos segundos mas tarde caía muerta sobre la alfombra del living.
Esperé a que mis hijos se fueran al colegio para abordar a Leo y vomitarle mi desprecio en la cara. Le grité que ya sabía todo y de sus planes para envenenarme. Al principio se rió tristemente, me dijo loca, paranoica y otras atrocidades. Roja de furia le exigí que reconociera la verdad, que no tenía sentido seguir la bufonada.Se sentó en el sofá del living y lloró,cubriéndose la cara con las manos. Dijo que otra vez deliraba.Yo encolericé y rompí adornos, platos y vasos mientras le propinaba terribles insultos.Comprometiéndolo a confesar el medio de la inoculación vacié mis botellas de vino, como una desquiciada rompí frascosde conservas, tiré sobras de comida, latas, frutas y verduras, el agua del dispensario y de todas las botellas plásticas. Luego fui al baño y tiré al inodoro mi cepillo de dientes, vacié el tubo de dentífrico y quemé mi peine y sus máquinas de afeitar, junto con la crema. Por fin me detuve, enajenada, jadeando y sudando como perro. Leo,que había seguido mi deambular destructivo, y con la cara hundida en la profundidad de sus palmas, suplicó –no me hagas llorar más.Traté de calmarme. El se levantó y me tomó de la mano, llevándome hacia el sofá. Nos sentamos. Me suplicó que volviera en sí, que estos desvaríos debían terminar. Me juró por sus más santas creencias amor y fidelidad legítima. Me rogó que lo mirara a los ojos y le dijera si podía ver en ellos alguna de las sandeces de las que acababa de acusarlo. En el abismo cristalino de su mirada sólo vi amor, comprensión y verdad. La cordura hizo efecto y todo me pareció un absurdo. Lloré,pedí perdón y clemencia. El tomó mi cara entre sus manos y me dijo “Te amo”. Yo contesté “Yo también”. Lo besé en los labios. Pocos segundos mas tarde caía muerta sobre la alfombra del living.
